Reflexión Dominical: Hoy, el Evangelio nos presenta a Jesús profundamente conmovido ante la tumba de su amigo Lázaro

Nada golpea con tanta fuerza como la muerte. Sacude la propia conciencia cuando se revela como lo que es: una realidad inevitable e incierta.
22/03/2026 Pbro. Ángel Hernández

REFLEXION 22-03

Nada golpea con tanta fuerza como la muerte. Sacude la propia conciencia cuando se revela como lo que es: una realidad inevitable e incierta. Cuando alcanza a los seres queridos, hiere tan hondo que el alma queda presa de una impotencia tal, que la esperanza se vuelve difícil de sostener y la fe, puesta a prueba, se torna más oscura que nunca. Es una experiencia desgarradora que contradice nuestra certeza íntima: que quienes han amado y han sido amados no pueden perderse para siempre.

«Dios no hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; Él creó todo para que subsista» (Sb 1, 13-14). La muerte no formaba parte del plan original del Dios de la Vida. Las condiciones dramáticas en las que la humanidad experimenta su finitud son fruto del pecado, como enseña el apóstol Pablo: «El salario del pecado es la muerte» (Rm 6, 23).

Tanto en la literatura clásica como en la Biblia, el llanto ante la muerte es una constante. Aquiles llora a Patroclo con un dolor tan intenso que los mismos dioses intervienen. David llora a Absalón a pesar de su rebelión; el segundo libro de Samuel relata cómo el rey quedó devastado, lamentando profundamente su pérdida. También lloró David a Saúl y a Jonatán.

Hoy, el Evangelio nos presenta a Jesús profundamente conmovido ante la tumba de su amigo Lázaro. Son las lágrimas del Redentor ante el drama de la muerte y su desolación. En ese hondo sentimiento de amistad, Cristo asume el gemido de toda la humanidad que sufre bajo el peso del «peor enemigo», aquel que hiere cuerpos y almas, que despoja y humilla.

En medio de esa noche de dolor para las hermanas de Betania, brilla la luz de una revelación: «¡Yo soy la resurrección y la vida!». Lázaro, saliendo del sepulcro convocado por la potente voz de su Amigo, es ya un signo de esperanza para todos. Aunque todavía no se ha librado definitivamente de las ataduras de la mortalidad, su regreso del lugar de los muertos es el anuncio de que, cuando el Señor entre en la muerte, será para asegurar que quienes mueren vivirán.

En el itinerario cuaresmal, las lecturas de este V Domingo son una proclama de esperanza y una invitación a no claudicar ante las sombras del pecado. Es el llamado a reconocer que, aunque volveremos al polvo, una voz poderosa nos convocará a la vida eterna prometida por quien es la Vida misma; aquel que la entregó por sus amigos y que tiene el poder de recobrarla.

Al comulgar con su Cuerpo glorioso —remedio de inmortalidad—, permitamos que renazca la esperanza, se reavive la fe y se encienda el fuego del amor. Deseemos morir con Él para reinar con Él.

¡Buen domingo!

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