Jesucristo es imagen del Dios invisible y nosotros, imagen de la Imagen

Un pasaje que podría leerse simplemente como la disputa entre Jesús y un grupo de adversarios —fariseos y herodianos— para sorprenderlo con una afirmación que lo comprometa.
18/10/2026 P. Ángel Hernández

cesar por cesar

La pregunta que le proponen, precedida de una lisonjera alabanza, lo coloca ante una encrucijada: si dice que no hay que pagar el impuesto, podría ser acusado de revolucionario contra el orden civil establecido; por el contrario, si afirma que es necesario pagarlo, sería señalado como un colaboracionista sometido al poder imperial.

Jesús escucha y responde con una sabiduría práctica. Pide una moneda y enseña: «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Jesús elude la falsa disyuntiva política y eleva de inmediato el debate al plano teológico y existencial.

Lo del César: reconoce una legítima autoridad civil y temporal en los asuntos mundanos (el impuesto, el orden social). Pagar el tributo es usar la moneda del César; que se la devuelvan a él.

Lo de Dios: aquí radica el verdadero núcleo del mensaje. Si la moneda pertenece al César porque lleva acuñada su efigie, el ser humano lleva grabada la imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, el ser humano le pertenece íntegramente a Él. Ningún poder terrenal puede absolutizarse ni exigir la conciencia o la adoración que solo le corresponden al Creador.

La enseñanza más profunda de la moneda es, en definitiva, la identidad. El denario vuelve a las manos del César porque lleva su sello; nosotros fuimos creados a imagen de Dios. Nuestra vida, nuestro corazón, nuestras capacidades y nuestro amor llevan impresas las marcas de nuestro Creador.

Ante esto, surge la pregunta inevitable: ¿A quién le estamos entregando nuestra vida? ¿Estamos dando a Dios lo que lleva Su sello, o nos hemos desgastado sirviendo a otros "césares" modernos como el dinero, el poder, la aprobación ajena o el egoísmo?

Es aquí donde la Eucaristía dominical se convierte en la respuesta esperanzadora. La Eucaristía restaura la imagen de Dios en nosotros al actuar de manera performativa y transformar nuestra existencia de raíz. Lejos de ser un concepto abstracto, constituye una asimilación real donde Cristo nos modela para «llegar a ser Él».

Mediante la fuerza del Espíritu Santo y los signos sensibles, el misterio pascual irrumpe para sanar las heridas del egoísmo. Esta acción nos saca del aislamiento subjetivo y nos introduce plenamente en el dinamismo de la entrega oblativa del Hijo.

Al dejarnos moldear por el rito, nuestra libertad se reorienta hacia la comunión fraterna, la justicia y el amor verdadero. De este modo, la participación viva repara los rasgos desfigurados del Creador en nosotros y actualiza su semejanza en la vida diaria.

Pidamos al Padre que tome entre sus manos esta pequeña moneda que lleva su sello —eso somos cada uno de nosotros— y restaure la imagen de la Imagen.

¡Buen domingo!

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