Recuerdos de antes: las siestas en San Juan

El calor, el silencio y las casas en pausa formaban parte de una rutina que muchos todavía recuerdan.
Culturales12/05/2026Valeria MorenoValeria Moreno

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Existen recuerdos que no se olvidan, no por lo grandes, sino por lo cotidianos.

En San Juan, las siestas tenían algo especial. El calor del verano hacía que todo se detuviera por un rato. Las ventanas cerradas, las calles vacías y ese silencio que parecía envolver todo.

En muchas casas, salir a jugar no era una opción. Había que dormir o, al menos, quedarse adentro sin hacer ruido. Para algunos, eso venía acompañado de alguna advertencia que hoy se recuerda con una sonrisa, como la del “viejo de la bolsa”, que aparecía más como una forma de asustar que como otra cosa.

Mientras tanto, adentro, el tiempo pasaba distinto. Algunos jugaban tranquilos, otros intentaban dormirse, y no faltaban los clásicos juguitos congelados, bien fríos, para hacerle frente al calor.

Pero la siesta no siempre se cumplía como debía. Algunos chicos, cuando podían, se escapaban en silencio y salían a la calle o al fondo a jugar. Era común verlos con la onda en la mano, tirando piedras, más como parte del juego que otra cosa. También estaban los que, en zonas de finca, se iban un poco más lejos a poner tramperos o simplemente a recorrer.

En la calle, mientras tanto, la imaginación hacía el resto. Las balitas, los trompos y los partidos de fútbol armados entre vecinos eran parte de todos los días. No hacían falta muchas cosas: con poco, se armaban tardes enteras de juego.

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Y a veces, cuando el calor apretaba más de la cuenta, aparecía otra escapada. Algunos se iban hasta el canal más cercano, donde el agua corría como una especie de pileta improvisada. En ciertos lugares, se hacían pequeños “trancones” para que el agua se estancara un poco, y ahí se juntaban chicos y hasta familias enteras, con mate incluido.

Era un juego en sí mismo: dejarse llevar por la corriente y después volver haciendo fuerza contra el agua para empezar de nuevo. Claro que no siempre era perfecto; más de uno recuerda algún resbalón por el fondo verdoso del canal o algún golpe sin querer! Eran otras épocas, otras costumbres, que hoy ya no se permiten, pero que quedaron grabadas como parte de esos veranos intensos.

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Y cuando el sol empezaba a bajar, llegaba ese momento que todos recuerdan. Desde alguna puerta o ventana, se escuchaba el llamado que marcaba el final del día: “¡Entrá que ya es tarde!”. Había que despedirse de los amigos, prometer seguir al día siguiente y volver a casa. Muchas veces, eso significaba baño rápido y a prepararse, porque al otro día había escuela.

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En ese momento, la siesta y esos llamados podían sentirse como una obligación. Algo que interrumpía las ganas de seguir jugando.

Pero con el paso del tiempo, esa mirada cambia. Lo que antes costaba, hoy se valora. Y esas pausas, esos llamados y esos momentos simples, hoy se recuerdan como parte de algo mucho más grande.

Antes no queríamos dormir… ahora muchos darían lo que sea por una buena siesta!

¿Vos cómo recordás las siestas de antes?

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