
Recuerdos de antes: El perfume de las casonas que el tiempo no pudo borrar
Valeria Moreno
Quién no ha sentido alguna vez el deseo tibio de caminar por el San Juan de otros tiempos? Ese que hoy duerme en las páginas doradas de nuestra historia y en la memoria de los abuelos. Cerrar los ojos es, a veces, la única forma de volver a transitar aquellas calles coloniales, donde el ritmo de la vida se medía con el agua que corría tranquila.
Cruzar el zaguán de las antiguas casonas sanjuaninas era adentrarse en un universo de frescura. Eran construcciones nobles y enormes, de adobe y techos de caña y barro, con paredes que lucían orgullosas su revoque pintado con cal. En sus fachadas, los zócalos de colores y las piedras lajas le daban vida a la vereda, mientras que las pesadas puertas de dos hojas talladas en cedro o algarrobo custodiaban el calor del hogar detrás de sus rejas de hierro. En algunas esquinas, los altillos con balcón a la calle parecían mirar al cielo, sosteniendo el farolito que, al caer la tarde, encendía las primeras luces de la vecindad.
El verdadero corazón de la vida sanjuanina latía en el fondo. Allí, la fisonomía de la ciudad se volvía verde y productiva. Nueve acequias principales cruzaban los patios, llevando el agua milagrosa destinada al riego de los huertos familiares. Era un deleite para los sentidos ver la magnolia florecida en primavera, conviviendo con la sombra generosa del naranjo, el aroma cítrico de la lima y la silueta elegante de la palmera.

En esos patios enladrillados, bajo el encatrado de la glicina que filtraba el sol de la siesta, se tejían las conversaciones. A un costado, el infaltable fogón de la cocina y el horno de barro perfumaban el aire con el olor al pan recién horneado, uniendo a la familia en un ritual cotidiano que hoy añoramos.
Aquellas casonas ya no habitan nuestras esquinas, es cierto. Las calles se ensancharon y la fisonomía urbana se volvió moderna y reluciente. Sin embargo, el alma de aquel San Juan colonial no se ha perdido. Sigue viva cada vez que rescatamos del olvido el perfume de una glicina, el rumor del agua entre las piedras o el recuerdo de esos patios donde, alguna vez, fuimos tan felices.


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