Reflexión Dominical: «Una obra del presente puede redimir, transformar y desafiar lo que ocurrió en el pasado»

Se suele decir que vale más una obra buena que mil palabras. Un solo acto revela lo que hay en el corazón.
Comunitarias27/09/2026 P. Ángel Hernández
REFLEXION 27-09

«Una obra del presente puede redimir, transformar y desafiar lo que ocurrió en el pasado» (Rachel Bespaloff)

En algunos ámbitos cuenta mucho la trayectoria de vida. Se da amplia importancia a los certificados de estudios y antecedentes, a la experiencia laboral y a las recomendaciones de terceros. Las entrevistas suelen fijarse sobre un hipotético futuro preguntando sobre cómo actuaría el candidato. Sin embargo, resultaría muy sugerente plantear preguntas como estas: ¿Qué es lo que hiciste hoy? ¿Cómo comenzó tu día en familia? ¿Cómo trataste a la persona que te recibió a la entrada?

Si bien la virtud se afianza por la repetición de actos, el que cuenta es el último, porque pone de manifiesto cuál ha sido la orientación que la voluntad ha recibido y tiene. Se suele decir que vale más una obra buena que mil palabras. Un solo acto revela lo que hay en el corazón.

La parte del Evangelio que leemos hoy se ubica en el último tramo del ministerio terrenal de Jesús, durante su estancia en Jerusalén en los días previos a su Pasión. Las autoridades religiosas —sumos sacerdotes y ancianos del pueblo— cuestionaron la autoridad de Jesús tras la purificación del Templo, y Él responde con parábolas donde demuestra la ceguera espiritual de la clase dirigente judía.

La de hoy es una parábola didáctica estructurada como una trampa dialéctica. Jesús arrastra hábilmente a sus oponentes a emitir un juicio imparcial sobre el caso antes de revelarles la aplicación directa contra ellos:

El Padre representa a Dios, quien convoca permanentemente al ser humano a colaborar en su designio de salvación.

El primer hijo simboliza a los publicanos, pecadores y prostitutas, quienes inicialmente rechazaron la voluntad de Dios con su conducta desordenada («no quiero»), pero experimentaron un arrepentimiento genuino (metanoia) al escuchar la predicación de Juan el Bautista.

El segundo hijo simboliza a los sumos sacerdotes y fariseos, que profesaban una sumisión externa, formal e impecable a la Ley («voy, señor»), pero cuya suficiencia y soberbia les impidió dar frutos de conversión y aceptar el mensaje divino.

Jesús subraya que ante el Reino de los Cielos lo decisivo no son las apariencias, los títulos religiosos o las promesas verbales vacías, sino la humildad para reconocer el pecado y la coherencia de las obras nacidas de un arrepentimiento real.

El papa Benedicto XVI, de manera genial, habla de un «tercer hijo». La falsa autonomía humana opone la voluntad propia a la de Dios, cayendo en una ilusión de libertad que en realidad esclaviza.

Frente a la limitación de los dos hijos de la parábola, Jesucristo se revela como ese "Tercer Hijo" cuyo "sí" al Padre es perfecto. De esto nos habla la segunda lectura: de ese acto de obediencia absoluta brota la gracia que sana nuestras rebeldías. 

La gracia divina no anula la iniciativa humana, sino que rescata nuestra libertad herida del aislamiento egoísta. Mediante su entrega en la Cruz, Cristo une nuestra voluntad a la del Padre. La verdadera conversión florece cuando, sostenido por la gracia, el ser humano realiza su libertad en el amor.

«Que la muerte nos alcance confesados» era una antigua expresión que equivalía a decir «nos encuentre en gracia». 

Se recomienda suplicar la intercesión de San José para alcanzar la gracia de una buena muerte. De él, los evangelios no han registrado ni siquiera una palabra; simplemente testimonian: «hizo lo que se le había ordenado».

Que este día, cada día y el último día nos encuentre ocupados en la adorable voluntad del Padre.

¡Buen domingo!

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