
Reflexión Dominical: Una invitación: «Mi banquete está preparado, ¡vengan a las bodas!»

En la cultura y en la literatura universal, el banquete ha sido siempre un símbolo elocuente para expresar gratuidad, compañerismo, deseo de comunión y ocasión de encuentro libre entre el anfitrión y sus invitados. En las sociedades humanas responde a diversas motivaciones: bienvenidas, despedidas, aniversarios, matrimonios o celebraciones comunitarias. Antropológicamente, compartir la mesa implica habitar la intimidad del otro y hacernos uno al participar de la misma sustancia: pan y bebida.
En la Liturgia de la Palabra de este domingo, esta imagen se presenta simultáneamente como una iniciativa de Dios que convoca a todos a su monte santo, y como una parábola de invitación que —dolorosamente— puede ser rechazada.
Isaías anuncia la promesa escatológica: Dios prepara un banquete universal de alegría, comunión y victoria definitiva sobre la muerte para todos los pueblos.
El Salmo celebra la confianza en ese Dios que es pastor y anfitrión, el cual nos guía, protege y nos prepara una mesa rebosante de su gracia.
El Evangelio de Mateo muestra el cumplimiento de esta promesa en Jesús. El Reino es un banquete gratuito abierto a todos los confines de la tierra, pero que exige del creyente una respuesta auténtica, activa y abierta a la conversión.
El «traje de fiesta» representa esa transformación moral, la gracia y las obras de justicia exigidas por el Evangelio: el cambio de vida que demanda el discipulado como respuesta libre a una invitación trascendente para nutrirse de lo que da vida eterna.
Las parábolas de los dos hijos, de los viñadores homicidas y esta última del banquete comparten un hilo conductor que transita entre el drama y la belleza de la voluntad comprometida:
El drama consiste en el rechazo del don del Reino y en el alejamiento de la comunión con Dios Padre, mediada por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo.
La belleza, por el contrario, resplandece cuando —lejos de perder la propia identidad— el ser humano entrega su voluntad en obediencia amorosa, comprometiéndose a dar frutos y a gozar de las delicias de un banquete que lo reviste interiormente y lo recrea con hondura.
Lo que sucedió a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo —quienes optaron por una obediencia formal, apropiándose del don mientras rechazaban entrar en el Reino— sigue siendo una posibilidad latente en nuestros días.
Para evitar quedar excluidos, es necesario el deseo de desprenderse de todo aquello que impida entregarse por completo al Dios que se nos da por entero. Es preciso liberar la voluntad de todo estorbo, en particular del afán de poseer lo que solo puede recibirse como gracia. Para entrar en las bodas del Cordero, resulta imprescindible dejarse lavar por su sangre y revestirse con las obras de la luz, embelleciendo el interior con las virtudes, que tienen a la humildad como base y a la caridad como corona.
El Señor ha preparado el banquete de su Reino,
y envió por todo el mundo mensajeros a invitarnos.
Beberemos la copa de Cristo
en la mesa del Señor.
Es la fiesta de las bodas de Cristo con su Iglesia.
¡Dichosos los invitados al banquete de estas bodas!
¡Buen domingo!


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