
Una vida de película: el corsario Hipólito Bouchard
Valeria Moreno
El océano estaba oscuro y apenas iluminado por las lámparas del barco. El viento golpeaba las velas mientras la fragata La Argentina avanzaba lentamente frente a las costas de California. A bordo, un hombre observaba el horizonte en silencio. Había nacido en Francia, pero peleaba bajo una bandera celeste y blanca. Su nombre era Hipólito Bouchard.
Mucho antes de convertirse en corsario, había llegado al Río de la Plata como un joven aventurero europeo más, sin imaginar que terminaría formando parte de la independencia argentina. En aquellos años el mundo ardía en revoluciones y guerras, y Bouchard encontró en estas tierras una causa por la cual luchar.
Combatió junto a los patriotas y aprendió rápidamente que el destino de América también sería el suyo. Más tarde recibió una patente de corso: un permiso oficial para perseguir y atacar barcos enemigos. Desde entonces, comenzó la vida que lo convertiría en leyenda.
A bordo de su fragata recorrió océanos enteros. Cruzó tormentas, enfrentó motines y navegó por lugares que para muchos eran apenas nombres lejanos en los mapas: Madagascar, Filipinas, Hawái y Centroamérica.

Pero el episodio que lo volvería inmortal ocurrió en 1818.
Aquella mañana, los cañones comenzaron a rugir frente al puerto de Monterrey, en la California española. Los hombres de Bouchard desembarcaron entre humo y disparos, mientras el fuerte intentaba resistir el ataque. Horas después, la ciudad caía en manos del corsario argentino.
Entonces ocurrió algo impensado: la bandera argentina flameó sobre California.
Durante algunos días, en un rincón lejano del mundo, el pabellón celeste y blanco ondeó frente al océano Pacífico.
Bouchard siguió navegando durante años, como si perteneciera más al mar que a cualquier país. Tuvo amores, guerras y aventuras en distintos continentes, hasta que finalmente terminó viviendo en Perú, lejos de la gloria y de las batallas que habían marcado su vida.
Murió asesinado en 1837, por sus propios esclavos pero la historia jamás pudo borrar su nombre.
Aunque muchos no lo recuerden, Hipólito Bouchard fue uno de esos hombres que parecían haber nacido para la aventura.


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