
Reflexión Dominical: El Evangelio es revelado a los sencillos
El Misterio revelado a los sencillos
El Reino de los Cielos no es una teoría abstracta reducible a los puros argumentos de la razón; es una realidad viva que se experimenta. Para penetrar en su misterio, no se necesitan las credenciales del mundo, sino la disposición del corazón: es necesario hacerse pequeño, simple y despertar el deseo íntimo de un encuentro que plenifique la existencia.
Estos “pequeños” a los que el Padre revela sus secretos son, en la lógica de san Pablo, los hombres y mujeres espirituales. Son aquellos que, transformados por la Pascua, se renuevan continuamente para no dejarse arrastrar por los criterios de la carne —es decir, por la estrechez de las miras puramente humanas, el afán de explicaciones racionalistas, las definiciones rígidas y las seguridades temporales—. Si no nos dejamos guiar por el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos, el hombre viejo prevalece y nos incapacita para conocer cabalmente al Dios que el Salmo proclama como “bondadoso, compasivo y fiel”.
Por eso, el Evangelio nos invita a una santa paradoja: es preciso hacernos pequeños para poder entrar en la grandeza de Dios; desarmar la autosuficiencia de la inteligencia para poder comprender la Sabiduría del Maestro. Solo quien reconoce sus propias fragilidades, cansancios y desilusiones puede escuchar como propia la invitación de Jesús a ser aliviado, sanado y contagiado con la alegría del Reino que se ha hecho cercano.
Él se presenta como el Rey humilde y victorioso profetizado por Zacarías, aquel que no viene en carros de guerra, sino montado sobre un asno pacífico. Su yugo es la ley nueva del amor que se entrega. Nadie que permanezca en la soberbia de sus propias fuerzas puede cargar con este yugo; intentar cumplirlo desde el mero esfuerzo humano sería reducir la fe a la tristeza de una libertad humillada, a la esclavitud de un deber que no brota del ser filial. En cambio, cuando el yugo se asume desde el Espíritu, la carga se vuelve ligera y el corazón encuentra su verdadero descanso.
Supliquemos al Señor la gracia de la pequeñez evangélica, para que sepamos descansar en su regazo, dejarnos transformar por su gracia y vivir la libertad de los hijos de Dios.
¡Buen domingo!


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