
Reflexión Dominical: «Si la fe vacila, la barca se tambalea; si la fe es firme, caminaremos sobre las aguas.»

«Si la fe vacila, la barca se tambalea; si la fe es firme, caminaremos sobre las aguas.» — San Juan Crisóstomo
Una jornada de apostolado y servicio inicia con un momento de intimidad con el Padre y concluye de la misma manera: volviendo a la Fuente de la que manan todas nuestras palabras y obras. La oración de Jesús se prolonga sobre la montaña. Para unir acción y contemplación, es necesario elevarse y perseverar en una soledad habitada. Como le ocurrió a Elías en el Horeb, Dios no suele manifestarse en la fuerza arrolladora del viento, el terremoto o el fuego, sino en el rumor de una brisa suave que pacificaba el corazón y renueva las fuerzas para la misión.
Así como la multiplicación de los panes guarda una clara referencia profética a la Eucaristía, la barca sacudida por las olas, el viento en contra, el rayar del alba y la revelación del «Yo soy» tras el temor inicial poseen un profundo sabor a encuentro con el Crucificado-Resucitado. La comunidad de los apóstoles —germen de la Iglesia— navega atravesando el mar de la historia mientras afronta peligros, resistencias y oscuridades.
Pedro, el primero entre sus hermanos, pide un signo para salir del desconcierto: ir hacia Jesús caminando sobre las aguas. Sin embargo, al apartar la mirada del Maestro y fijarla en la violencia del viento, el miedo lo sobrecoge y comienza a hundirse. Su clamor desesperado («¡Señor, sálvame!») es la oración del humilde.
El reproche de Jesús («¿Por qué dudaste?») no es una falta de empatía, sino un llamado pedagógico a madurar la confianza. La fe y el temor pueden coexistir en la fragilidad humana; pero la duda no tiene la última palabra cuando se transforma en súplica. Pedro se salva porque, a tiempo, reconoce su invalidez y se deja sostener por la mano extendida del Señor sobre el abismo.
La llegada de Jesús a la barca trae consigo la calma absoluta. Quienes están en ella se postran y profesan la fe: «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios». Es el reconocimiento de la comunidad creyente ante la majestad de Cristo, que la preside, la protege de las olas y la guía con paso firme. San Pablo encarna este mismo celo por la salvación de sus hermanos, demostrando que la fe madura genera una caridad entrañable y comprometida por la salvación del prójimo.
Cada domingo se cumple la máxima de que «la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia». El Señor sigue formando a los suyos, congregándolos en una misma profesión de fe aunque los itinerarios personales sean diversos: los fuertes fortalecen a los débiles, los pequeños enseñan la condición del Reino y la caridad mutua convierte a la comunidad en un faro en medio de la tormenta.
¡Buen domingo!


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