
Reflexión Dominical: “Recuerda que cada vez que te acercaste a la confesión volviste absuelto, no condenado”.

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor”
El pasaje del Evangelio de este domingo cierra el capítulo 18 de Mateo, conocido como el "Discurso Eclesiológico" o comunitario. Todo este capítulo aborda cómo deben relacionarse los miembros de la comunidad cristiana: evitar el escándalo a los pequeños, salir en busca de la oveja perdida y practicar la corrección fraterna. La parábola que hoy meditamos surge, precisamente, como la respuesta de Jesús a la duda natural de Pedro tras escuchar sobre la corrección.
En la tradición rabínica de la época, se enseñaba que se debía perdonar a una persona hasta tres veces por una misma ofensa. Al proponer "siete" —el número bíblico que representa la plenitud y la perfección—, Pedro creía estar demostrando una generosidad desmedida.
Sin embargo, la respuesta de Jesús con su “setenta veces siete” no plantea una fórmula matemática, sino que emplea un hebraísmo para indicar un perdón infinito y sin límites. Resuena aquí un eco de Génesis 4,24, donde Lamec promete una venganza desproporcionada: “Si Caín será vengado siete veces, Lamec lo será setenta veces siete” . Jesús toma esa fórmula de la venganza infinita y la transforma de raíz en la ley del perdón infinito.
La parábola posterior ilustra la paradoja de un perdón inmerecidamente recibido frente a la reacción mezquina de quien no ha tomado conciencia de la gracia que se le ha concedido. A propósito, se oponen dos realidades: una deuda ingente y otra insignificante. La súplica es la misma, pero la actitud difiere por completo: perdón sin condiciones frente a juicio sin miramientos.
El reclamo que se le hace al insensible es tajante: «¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?» . Aquí reside el núcleo de la parábola: el perdón de Dios no es solo un regalo; es, al mismo tiempo, un modelo y un mandato.
La advertencia final (v. 35) resulta seria: «Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».
Un corazón conquistado por la misericordia y la compasión no es un corazón impecable, sino uno que ha sido limpiado, levantado e iluminado una y otra vez por la gracia redentora, hasta madurar en la conciencia de que ya no somos para nosotros mismos, sino para el Señor. Por eso el salmista anhela cantar por siempre las misericordias divinas: misericordias que son infinitas mientras caminamos en esta vida, y que luego de la muerte serán eternas.
Corramos con entusiasmo a participar hoy del Sacramento que nos compró para Dios, que nos rescata continuamente y que, con las vestiduras lavadas en la Sangre del Cordero, nos hace capaces de perdonar con generosidad lo pasado, lo presente y lo futuro .
¡Buen domingo!


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