Reflexión Dominical: Por qué vale la pena vivir y morir

Vivimos y, un día, moriremos. Pero, ¿por causa de qué o de quién? ¿Por cuál propósito vale verdaderamente la pena entregar la existencia.
Comunitarias30/08/2026 Pbro. Ángel Hernández

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«El hombre que se ama a sí mismo y no a Dios, no se ama verdaderamente; pero al negarse a sí mismo para amar a Dios, se encuentra a sí mismo en Dios». (San Agustín)

El sentido de la vida se descubre y se construye. Es cierto que recibimos enseñanzas, indicaciones, sugerencias y ejemplos de la sociedad, de la familia, de la comunidad y de la época en la que estamos insertos. Nadie está absolutamente determinado por su entorno, aunque sí influenciado. Sin embargo, cuando nos encontramos con el "timón en mano", llega el momento en que debemos levantar la mirada, trazar una dirección, hacer un mapa y asumir nuestro propio propósito.

En Jesús —de quien el Evangelio dice que "crecía en estatura, sabiduría y gracia"— el sentido de su existencia humana se va develando, y Él lo va asumiendo con pleno conocimiento y voluntad libre. La carta a los Hebreos aporta una hermosa síntesis de este proceso al decir: "Al entrar en este mundo, Cristo dice: [...] aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad".

El pasaje del Evangelio de este domingo nos sitúa ante el primer anuncio de la Pasión y la enseñanza del Señor sobre el verdadero discipulado. Este momento ocurre inmediatamente después de la confesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo" .

Jesús acepta la expresión del apóstol que declara su identidad, pero de inmediato se apresura a explicar cómo ha de llevar a cabo su misión, introduciendo la figura del Mesías como el Siervo doliente. Es necesario que Él transite el misterio pascual: el padecimiento, la muerte, la sepultura y, finalmente, la resurrección.

Ante la resistencia de Pedro, a quien le cuesta comprender este destino, el Maestro lo invita a "ponerse detrás" (a volver a su lugar de discípulo) y nos llama a todos a recorrer ese mismo camino. El mismo apóstol, que en un primer momento intentó apartar a Jesús de la cruz por un amor humano mal entendido, más tarde enseñaría en sus cartas: "Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas".

Esta imagen es de un valor incalculable. Poner el propio pie en la huella del Maestro es hacer coincidir nuestro motivo para vivir y para morir. En definitiva, cargar la cruz no es otra cosa que entregarse por completo por amor.

Así como el Credo menciona las concretas circunstancias históricas de la entrega de Jesucristo ("padeció bajo el poder de Poncio Pilato"), cada discípulo deberá hacer lo mismo bajo su propio "contexto histórico": en la humanidad, la sociedad y la Iglesia que le toca habitar. Las circunstancias cambian, pero la esencia será siempre la misma: vivir y morir amando. El fruto de esta entrega también será esencialmente igual: una vida transformada que, a su vez, transforma a los demás.

En este domingo, nutriéndonos de la Eucaristía —el Sacramentum caritatis (el Sacramento del amor)—, dejemos que esa sea la brújula de nuestro diario vivir. No le mezquinemos la vida a Dios ni a los hermanos.

¡Buen domingo!

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