
Reflexión Dominical: El Reino de los cielos no se merece, se recibe como gracia.

En 1895, una joven religiosa de 22 años decía:
“En el ocaso de esta vida, me presentaré ante Ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que cuentes mis obras. Toda nuestra justicia está manchada ante Tus ojos. Deseo, pues, revestirme de Tu propia Justicia y recibir de Tu Amor la posesión eterna de Ti mismo”.
Santa Teresa del Niño Jesús expresa de modo audaz la verdad de que la relación con Dios no se puede plantear en términos de merecimientos alcanzados y pagados, sino en la gratuidad de quien responde, asume todo esfuerzo y sacrificio solo por amor. Su regla es la gratuidad.
Es ya una gracia haber sido convocado, y no importa el momento en que se escuchó el llamado o la ocasión en que se cayó en la cuenta. Es mezquindad establecer una relación en la que se registra todo trabajo, renuncia o sacrificio. Llevar registro de lo que se hace por la persona amada implica tener a resguardo recursos para el reclamo, la queja, el cálculo del contracambio o la expectativa del premio.
Es verdad que todas nuestras obras de justicia están manchadas con el orgullo, la vanidad, la autoafirmación y las falsas expectativas; por lo tanto, solo podemos apelar a la justicia del Padre, que no ve siervos, sino hijos. ¿Y hay algo que pueda merecer la posesión de Él mismo?
Entrando en el sentido de la parábola de hoy, todos reciben el mismo denario porque en el cielo la alegría de Dios es común y compartida plenamente. Nadie debe desesperar por haberse incorporado tarde, ni gloriarse de su larga trayectoria, pues toda obra buena brota del llamado inicial de Dios. Murmurar ante la bondad del amo es excluirse a uno mismo de la alegría del Reino por causa de la propia mezquindad.
“¡Qué más da, todo es gracia!” son las últimas y célebres palabras del joven protagonista en la novela Diario de un cura rural , escrita por Georges Bernanos. El sacerdote pronuncia esta frase al final de su vida, tras atravesar sufrimientos físicos, soledad, incomprensión y una profunda agonía espiritual. Representa la aceptación de que la existencia y la salvación no dependen de los méritos humanos o del orgullo personal, sino de un don inmerecido de Dios. Aunque corona la obra maestra de Bernanos, la frase resuena con la espiritualidad de la sencillez y el abandono confiado que caracterizaba a santa Teresa de Lisieux.
El Señor nos conceda sabiduría y discernimiento para valorar la gracia de haber sido invitados a su Reino y sostenga nuestra respuesta diaria, hasta la última hora.
¡Buen Domingo!


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