El tiempo es gracia de Dios hecha de paciencia y optimismo

En numerosas ocasiones, la pasión sobrepasa a la inteligencia,
Comunitarias19/07/2026 P. Ángel Hernández

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En numerosas ocasiones, la pasión sobrepasa a la inteligencia, provocando que nuestros juicios sobre la realidad humana sean apresurados y, muchas veces, injustos. No es raro que caigamos en generalizaciones fáciles, tiñendo todo con un solo color y colocándonos —casi siempre— en el lado de los "buenos".

Si bien para comprender el mundo que nos rodea necesitamos hacer distinciones, cuando se trata del misterio del corazón humano no podemos emitir un juicio definitivo; ni siquiera sobre nosotros mismos. Por eso san Pablo nos recuerda: «Ni yo mismo me juzgo... No juzguen antes de tiempo; dejen que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y revelará las intenciones del corazón» (1 Cor 4, 3-5). 

A este límite humano se suma nuestra debilidad, pero como nos dice la liturgia de hoy, «el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad» e intercede por nosotros, porque solo Dios sabe realmente qué hay en lo profundo de cada uno (Rom 8, 26-27).

El trigo y la cizaña: La palabra de Dios sembrada en el mundo es promesa de un Reino de verdad y justicia. Sin embargo, al ser confiada a la libertad humana, coexiste temporalmente con su opuesto: la mentira y la injusticia. El tiempo de la vida no es una condena, sino la oportunidad que Dios nos regala para afirmarnos en el bien y madurar dando fruto.

¿A quién corresponde, entonces, el juicio? Solo al Señor, que sondea los corazones y examina los pensamientos. La primera lectura del Libro de la Sabiduría nos revela un misterio asombroso: la soberanía de Dios se manifiesta en su paciencia. Porque Él es fuerte, puede juzgar con moderación; porque es todopoderoso, nos trata con clemencia y nos da la «buena esperanza» de que, tras el pecado, siempre concede el arrepentimiento (Sab 12, 16-19). Como el propietario del campo en la parábola de Jesús, Dios nos pide paciencia histórica: «Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha» (Mt 13, 30).

Esta paciencia cristiana no es pasividad ni resignación; tiene un motivo fundado en el optimismo del Evangelio: la fuerza silenciosa pero imparable de la semilla del Reino. Al igual que el grano de mostaza o la levadura en la masa, el bien tiene una capacidad transformadora increíble cuando actúa desde dentro. La historia de la Iglesia y de nuestras comunidades lo constata: un corazón generoso termina contagiando a otros; un apóstol audaz enciende el fuego en quienes lo rodean; Un alma servicial despierta el deseo de servir; un enamorado de Jesús atrae a otros a jugarse la vida por el Evangelio.

Es fundamental que pongamos nuestra confianza en el Señor y en la fuerza activa de su Palabra. Abramos el corazón a la sorpresa de la gracia, con la certeza de que la historia humana camina hacia la plenitud de la mano de Dios, y no hacia la ruina.

Que el sabio y misericordioso juicio de Dios rescate lo bueno que hay en nosotros, purifique con su fuego lo que deba ser transformado y nos convierta, hoy mismo, en levadura de renovación para el mundo.

¡Buen domingo!

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