Reflexión Dominical: El proceso de creer tiene una historia única en cada persona

En este domingo la iglesia celebra la Octava de Pascua con el Evangelio que cuenta la historia de la incredulidad de Santo Tomás en la Resurrección
Comunitarias12/04/2026 Pbro. Ángel Hernández

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Durante estos días, las lecturas de la misa nos han presentado los relatos de las apariciones del Resucitado. En ellos, se nos transmiten también las reacciones de quienes lo ven: alegría, temor, dudas y desconcierto. Su peregrinación en la fe será larga y, aunque no conocemos los detalles de cada testigo, sabemos que fue un camino de transformación.

El proceso de creer tiene una historia única en cada persona; una vivencia que no siempre puede ser descrita o imaginada, pues el único modo de comprender la fe es viviéndola.

Tras haber recibido la Buena Noticia de Jesús, surgen preguntas inevitables: ¿Creo realmente? ¿Por qué creo? ¿Qué significa para mí que el Señor haya resucitado y qué cambia en mi vida el saberlo vivo y glorioso?

Al compartir esta reflexión con ustedes, puedo decir que creo por el testimonio de hombres y mujeres que se animaron a dar la vida para dar fe de lo que vieron, oyeron y tocaron con sus manos. La primera generación de apóstoles y discípulos profesó su fe derramando su propia sangre; nadie pondría en juego su existencia por una falsedad.

También existen otros signos que me mueven a dar crédito a la predicación de Jesús: El cambio profundo en quienes lo aceptan. La entrega de aquellos que se dejan sumergir en su muerte para participar de su resurrección.

Las palabras de san Pedro en la segunda lectura me alientan: “Ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria”.

Ese gozo, que compruebo en tantos de ustedes, es lo que sostiene mi propia fe y me anima a proclamar: “¡El Señor ha resucitado!”, esperando que un hermano o hermana me confirme respondiendo: “¡Verdaderamente ha resucitado!”

Que a todos nos llene de alegría volver a “ver” al Señor. Que este Domingo de la Misericordia nos regale la gracia de despertar nuestra conciencia para vivir como redimidos. Que nos anime a amar a quien no hemos visto y a creer en quien se nos manifiesta —y a la vez se nos oculta— tras los velos de la Palabra y de los sacramentos.

¡Feliz Domingo de la Octava de Pascua!

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