Reflexión Dominical: Disponer el corazón para acoger el Reino que viene

El Discurso de la Montaña se abre con una declaración de felicidad profunda: “Felices los pobres de corazón, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
Comunitarias12/07/2026 Pbro. Ángel Hernández
CRISTO HOY

Este Reino no es algo lejano; está cerca, viene y se hace presente en la persona de Jesús, quien predica y actúa según el querer de Dios.

Para profundizar en este misterio, el Evangelio nos traslada a un escenario diferente: la ribera del lago. Allí, la barca se convierte en la cátedra desde la que el Maestro enseña a un auditorio de gente sencilla y diversa. Ellos comienzan a escuchar una predicación que no se pierde en discursos abstractos o sumamente articulados, sino que brota de los hechos de la vida cotidiana: las parábolas.

La palabra “parábola” proviene del griego y significa, literalmente, “poner al lado”, así como también “lanzar” o “tirar”. La intención de Jesús es poner junto a lo desconocido (los misterios del Reino) algo bien conocido por la gente (la siembra, la pesca, la levadura) para que podamos aproximarnos a lo que está oculto. Por supuesto, el desafío está en descubrir el nexo entre ambas realidades para dar un paso adelante, no solo en el conocimiento intelectual, sino en la experiencia de fe.

Ante la objeción de los discípulos, quienes le preguntan: “¿Por qué les hablas por medio de parábolas?”, el Maestro responde resaltando la gracia y el privilegio que significa tener a su alcance la revelación del Reino. En este punto, el evangelista se explaya en el cumplimiento de las Escrituras citando al profeta Isaías, quien nos recuerda una dura realidad: Dios no puede salvar cuando el corazón se ha endurecido y se vuelve incapaz de oír, ver y comprender.

En este sentido, la parábola del sembrador es considerada la clave para comprender todas las demás. El mismo Jesús lo advierte en Marcos 4,13: “¿No entienden esta parábola? ¿Cómo comprenderán entonces todas las demás?”. Y es clave porque la semilla, que es la palabra de Dios, solo puede penetrar y dar fruto en un corazón bien dispuesto.

Para entender la fuerza de la parábola, ayuda saber que en tiempos de Jesús la siembra se hacía sin preparar previamente el terreno; es decir, el agricultor esparcía la semilla a voleo y luego pasaba el arado para enterrarla. Esto explica perfectamente la diversidad del terreno que la acoge y la disparidad de la suerte que correrá la germinación:

El terreno del camino: Representa al corazón que se deja pisotear por el tránsito de muchas personas y de muchas cosas. Se vuelve impenetrable y se convierte en un lugar de fácil saqueo para las buenas intenciones.

El terreno pedregoso: Es el corazón que está a merced de sus temores y del cuidado de su propia honra. No soporta sufrir y se aleja de todo bien que, por su propia naturaleza, es arduo y requiere fortaleza.

El terreno de espinos: Es el corazón que se deja invadir por lo inmediato, lo placentero y lo urgente, ahogando en su interior todo deseo de virtud y de felicidad duradera.

Ya lo advertía el profeta Jeremías: “Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas, para dar a cada uno según su conducta, según el fruto de sus acciones” (Jr 17, 9-10).  

Sin embargo, ese mismo corazón, al ser tocado por la gracia, es capaz de transformarse, acoger la palabra y dar fruto. Así lo enseñaba Benedicto XVI:

“En la parábola del sembrador, no todas las semillas corren la misma suerte. Aunque la simiente siempre es buena –pues se trata de los dones y de las gracias que Dios ha esparcido en nuestra vida–, necesita un terreno adecuado para crecer y dar fruto. Un corazón bloqueado por los miedos, por el deseo de tener todo bajo control o por el afán de acumular bienes materiales, es un lugar donde la semilla no puede acceder. En cambio, un alma sencilla, dispuesta a acoger el amor divino, hace que los talentos fructifiquen para contribuir así al bien de los demás.  

La simiente necesita tierra profunda donde echar raíces. Requiere un campo trabajado con esmero y constancia, un empeño habitual por cultivar una vida de oración, por conocer la riqueza espiritual del cristianismo y por cuidar las relaciones humanas tanto en el trabajo como en la familia.”

El Señor sigue lanzando a voleo su semilla, deseoso de encontrar corazones que la reciban. Pidamos hoy la bendición de ser un buen terreno

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