
Reflexión Dominical: "No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado"

La primera recomendación —«No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado… Lo que les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día»— enseña a confiar en que la verdad disipa el miedo. Las calumnias y persecuciones surgen como consecuencia de proclamar la verdad y vivir según ella. Puede parecer un consuelo débil, pero el tiempo lo revelará todo y demostrará la virtud, haciendo brillar la verdad de la doctrina. Lo que los perseguidores y detractores intenten sepultar bajo tierra, la Providencia lo sacará a la luz. Llegará el Día del Juicio, en el que se manifestarán los secretos de los corazones. Por lo tanto, no hay que temer el juicio de los hombres, sino el de Dios, que todo lo ve.
Predicar desde lo alto de las casas indica el contraste entre la pequeñez inicial de la Iglesia y su destino universal. «Lo dicho al oído» es la enseñanza íntima a un grupo reducido de doce hombres, pero que, tras la Resurrección, se transformará en un clamor global. Predicar desde las azoteas significa anunciar el Evangelio con absoluta libertad, sin esconderse.
El mensajero, al exponer la verdad, se expone. Testimonio es “martiría”: estar dispuesto a donar la vida. El miedo puede aparecer como un sentimiento que paraliza; por eso Jesús dice a los apóstoles: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno».
El hombre puede matar el cuerpo, que de todos modos ha de morir algún día por ley de la naturaleza. Pero el alma no muere por la espada del perseguidor; muere por el pecado, si consiente en negar a Cristo. Como medicina contra la cobardía, Jesús no les promete que no sufrirán la muerte corporal, sino algo mucho mejor: que la muerte física no tiene poder real sobre su verdadero ser. El perseguidor queda desarmado si el cristiano no teme morir.
Y hay un motivo aún más profundo: Dios, que se ocupa de las cosas más pequeñas, es un Padre amoroso que no apartará jamás su mirada providente, y nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo.
«No hay evangelización verdadera si no se proclama el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios». Lo que se ha recibido en la intimidad de la fe («al oído») no puede quedar como un secreto privado; debe convertirse en un grito público. Así lo recordaba san Pablo VI.
Es urgente suplicar la parresía (audacia, valentía evangélica), don que concede el Espíritu Santo. La misión de la Iglesia siempre ha estado marcada por el sufrimiento y la persecución. San Juan Pablo II afirma que las dificultades y los sacrificios no deben apagar el celo misionero, sino purificarlo, pues el testigo auténtico sabe que el poder del Evangelio trasciende las amenazas humanas.
El papa Francisco recordaba que «evangelizar no es una carga pesada, sino una dulce y confortadora alegría… El verdadero misionero sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él». No tememos al fracaso ni al rechazo, porque el Padre sostiene la obra.
Celebremos nuestra fe y anunciemos con confianza lo que el Señor ha hecho con nosotros.
¡Buen domingo!


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