
Reflexión Dominical: Hoy es domingo. En la comunión de la Iglesia, tenemos la misma posibilidad de encontrar al Señor

En este tiempo pascual, la liturgia nos regala los relatos de las apariciones como signos de su presencia viva. Conviene suplicar ese gozo que brota espontáneo del encuentro: ver, oír, gustar y tocar con los sentidos internos lo que la Escritura proclama y los sacramentos manifiestan.
El relato de los discípulos de Emaús —que San Marcos sintetiza diciendo: “se apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino al campo” (Mc 16, 12)— es un itinerario de fe que evidencia tanto nuestros obstáculos como los medios para encontrar al Viviente.
Los Obstáculos: La primera dificultad es la carga de falsas expectativas. Esperaban un restaurador del orden político y temporal; para ellos, el sepulcro parece haber vencido al Maestro. A esto se suma la desconfianza ante el testimonio de otros y el desconcierto ante la tumba vacía. El anuncio resuena: “¡Él está vivo!”, pero el fruto en ellos sigue siendo el pesar.
La Pedagogía de Jesús: El Maestro no los deja solos. Les señala su verdadera debilidad: la dureza de entendimiento para leer las Escrituras. Si el sufrimiento era su piedra de tropiezo, una lectura correcta de los profetas les habría revelado que era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria.
Aunque les cuesta creer, conservan la amabilidad. Su gesto de hospitalidad hacia el "peregrino" se convierte en la ocasión del reconocimiento. Al partir el pan, el Huésped revela su identidad. Es entonces cuando sus ojos se abren y el corazón reconoce la llama del amor: una alegría desbordante que no puede sino compartirse.
Al volver con los Once, la Iglesia confirma su experiencia: “El Señor ha resucitado verdaderamente”. El encuentro personal se fortalece en la fe comunitaria.
Hoy es domingo. En la comunión de la Iglesia, tenemos la misma posibilidad de encontrar al Señor. Vayamos con entusiasmo a celebrar nuestra fe común.
Gloria a ti, Cristo, oculto a los ojos pero manifiesto a la fe.
Honor a ti, el Viviente, que te entregas hoy en el pan y el vino.
Haznos sentir tu presencia y cólmanos de tu gozo. ¡Aleluya!
¡Buen domingo!


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