Reflexión Dominical: La Trinidad hace morada en nosotros

El camino pascual nos conduce al corazón mismo de nuestra fe.
Comunitarias10/05/2026 Pbro. Ángel Hernández

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Como enseñaba San Pablo VI, por la gracia del Bautismo somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad: hoy, caminamos bajo la luz de la fe; mañana, tras el velo de la muerte, lo haremos en la claridad de la luz eterna.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que el diseño de Dios (la "economía divina") tiene un objetivo último: que todas las criaturas entremos en la unidad perfecta de la Trinidad. Sin embargo, este encuentro no es una promesa postergada; es una realidad que comienza hoy. Estamos llamados, desde ahora, a ser habitados por Dios.

"Si alguno me ama —dice el Señor— guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14, 23). Las Personas divinas son inseparables en su ser y en su obrar: donde está el Hijo, allí está el Padre y el Espíritu Santo, haciendo de nuestra alma su "cielo" en la tierra.

Este VI Domingo de Pascua nos invita a redescubrir y gustar el misterio de la Inhabitación Divina. Jesús nos promete el Espíritu Santo, el "Maestro interior", que nos ayuda a asimilar esta verdad para que permee toda nuestra existencia: la mente, para ver la realidad con los ojos de Dios; el corazón, para que nuestras decisiones maduren en la caridad; las obras, para que nuestro querer sea un reflejo de su voluntad.

La realidad bautismal se resume en tres dimensiones vitales: somos hijos y herederos. Por el agua del Bautismo, dejamos de ser solo criaturas para ser hijos adoptivos. No es un título honorífico; es una transformación real que nos hace herederos de su Reino y del Cielo.

Somos un pueblo de hermanos. El Bautismo nos incorpora a la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo. Ya no somos individuos aislados; en la familia de Dios se derriban las barreras para vivir la verdadera fraternidad.

¡Somo templo! Al recibir el Espíritu, cada bautizado es Sagrario de Dios. Pero, unidos, formamos el Templo espiritual donde el Señor habita y se manifiesta al mundo.

Como preparación para la Ascensión y Pentecostés, hagamos nuestra la oración de la Beata Isabel de la Trinidad:

«Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en Ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad... Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora». Amén.

¡Buen domingo!

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